Nunca me habían gustado los gigantes, cabezudos o Gargantúas. De pequeña, de hecho, huía de ellos. Incluso huía del toro de fuego. Sin embargo, como muchas veces digo, Tábara y sus fiestas son especiales, y consiguen que nos guste incluso la canción más horrorosa del mundo si ella nos recuerda a algún momento especial vivido en nuestro pueblo.
Allá por Febrero salió a la luz una foto de los cabezudos de Tábara, desfilando por San Lorenzo, en las fiestas del año 1.989. Yo, como muchos otros, desconocía que en Tábara hubiese existido la tradición de los cabezudos. Pero ahí estaban, “El Gordo” y “El Flaco”, sonriéndome a través de la pantalla del ordenador. Simplemente, me enamoré de esa imagen inmortalizada veinte años atrás. Exactamente los años que yo tengo. Es curioso, porque he estado en Tábara todas las semanas de fiestas desde el principio de mi existencia. Sin embargo, ni mi madre ni yo podíamos estar en esa foto, porque en ese momento en el hospital ella se esforzaba por retrasar mi prematuro nacimiento todo lo que fuese posible para que diese tiempo a que mis pulmones terminaran de desarrollarse y yo no corriera peligro. Ella se perdió las fiestas de ese año por mí.
Volviendo a la actualidad, yo sabía que la APT en su esfuerzo por aportar cosas nuevas y recordar viejas tradiciones, se planteaba desempolvar los cabezudos y volver a sacarlos por el pueblo. Me pareció una gran idea. De modo que cuando una tarde Oscar me preguntó si me gustaría junto a Pablo sacarlos en el desfile, acepté inmediatamente, encantada. Me hizo una ilusión inmensa.
Así que, llegado el momento, en el coche para ir a Tábara aparte de ganas de disfrutar, ropa, objetos para la peña... metí un par de trajes que estaban en el armario de los trastos viejos y que eran lo que más se parecía al atuendo típico de hace dos décadas. Un par de días antes del desfile, los cabezudos llegaron a mis manos. Decidimos que yo sería "El Gordo". Veinte años en el olvido, oculto y acumulando polvo no lo habían deteriorado en absoluto.
Llegó el día y yo estaba nerviosísima. Era consciente de que llevar la cara oculta tiene la ¿ventaja? de que llorres o rías, tengas la expresión que tengas, no se te ve. Pero también te da la inseguridad que da el ir casi a ciegas. Además, yo en el fondo soy una chica tímida, y suponía que eso de ser observada y fotografiada por tanta gente me daría vergüenza.
Ahí llegué yo a la plaza, incómoda por el traje y el calor sofocante que provocaba el cartón. Cuando me quise dar cuenta, estaba relajada, y me había olvidado de la vergüenza para simplemente disfrutar. Los niños me miraban, con la expresión del miedo y la angustia en sus caras. Pero cuando "por arte de magia" los caramelos de mi bolsillo aparecían ante sus ojos, dejaban de llorar y me devolvían una sonrisa. Era precioso ver el cambio. Niños y más niños. Fotos y más fotos. Tropezones y alguna caída. Incluso alguna que otra "colleja". Pero ahí estaba yo, sintiéndome la tabaresa más feliz del mundo.
Una vez llegados todos a los aledaños del poli, llegaron los ya tradicionales bailes con la charanga al final del desfile. Y llegó también el momento de descubrirme, ya que el calor bajo el cartón y tras los bailes era ya insoportable. Apoyada en un coche, me paré un segundo a observar a las personas que se agolpaban alrededor de los músicos. Todas ellas se me antojaban iguales en ese momento. Aunque el color de sus camisetas fuese diferente. Fuesen de Rayo Láser o de Cosa Nostra, de Jerez o de Bilbao, de Asturias o Barcelona, todas irradiaban felicidad.
Quizás para ellas, al igual que para mí, las fiestas de Tábara son la semana que provee del oxígeno necesario para el resto del año a sus pulmones. |