"Ver la felicidad de todos nosotros en el desfile de peñas por la tarde, merece la pena. Ver cómo se me ponen los pelos de punta de la ilusión cada vez que el toro de fuego sale, merece la pena. Ver que una dulzaina, unas castañuelas y dos tios con arte son mejores que la más sofisticada de las orquestas, merece la pena..."
17-11-2008
IRATXE -CEDA EL VASO ![]() |
436 kilómetros son los que separan mi ciudad del paraíso tabarés, y por consiguiente de sus fiestas. A muchos podría parecerles una distancia demasiado grande, en ocasiones insalvable. Sin embargo para mí no es así. Siento Tábara tan cercano como el bolígrafo que sujeto en mi mano para escribir estas líneas. Mi madre me ha contado que abandonó Tábara con 16 años para encontrar un futuro mejor para ella y para su familia. Pero lo que más me choca es que el motivo por el que se terminó de decidir a emigrar es que por aquél entonces en Tábara cerraron el que era el salón de baile "El Capricho", en el que las tardes de fin de semana se daban cita los jóvenes del pueblo para bailar inocentemente. A ella le encantaba bailar, y pensó que en Bilbao seguramente podría divertirse como cualquier chica de su edad, porque sobrarían salones de baile a los que poder ir. También me ha contado que cuando más echaba de menos su pueblo era cuando algunos veranos llegaba el 10 de Agosto y no podía regresar a su lugar en fiestas. Era trementamente doloroso y frustrante. Así que cada vez que, cubata en mano y conversando con algún colega paso de refilón por donde ella está en la verbena bailando pasodobles con la ilusión de un niño, se me dibuja en la cara una sonrisa y le envío una mirada cómplice. Sé lo que significa para ella y no puedo resistirme a compartir junto a ella un "paquito el chocolatero" o cualquier otra cosa que esté sonando en ese momento. Quizá todo ésto parezca una chorrada, pero yo en esos momentos me siento orgullosísima de ella. Ojalá yo dentro de 40 años pudiese vivir las fiestas como ella, con su mismo entusiasmo y como las primeras. Yo soy una de las afortunadas que desde que tengo uso de razón ha pasado los 2 meses de verano en suelo tabarés. Allí he disfrutado de una infancia feliz, de las amistades más sinceras, de la primera verbena, de la primera camiseta agujereada por el toro de fuego, del primer cubata, de los primeros fuegos artificiales abrazada a alguien, de las primeras mollejas tras el amanecer y de muchas otras cosas más. Muchos me tachan de excesivamente sensiblona con respecto al pueblo, me dicen que lo idealizo. Pero quienes me conocen saben que soy totalmente realista, y que lo que ocurre es que no hay un día en que no piense en Tábara y en su gente. Porque para que un pueblo tenga encanto está claro que no basta con que sea bonito, porque sin los amigos, la gente, el ambiente familiar... nada sería igual. Por eso este año en el que a duras penas he estado en el pueblo los días de fiestas ha sido diferente y extraño para mí. Porque los días previos, en los que piensas "Pasado mañana viene fulanito de Madrid y ya estaremos uno más" o "La semana que viene habrá que ir a Zamora a comprar bebida", también son bonitos. Al igual que los días posteriores a fiestas en los que poco a poco ves marchar a la gente y sientes la nostalgia porque hasta pasado un año no volveremos a estar todos juntos son especiales. Ha sido duro perdérmelos. Este año he comprendido lo que sentía mi madre cuando quería estar en su pueblo pero no podía. Me he sentido identificada con ella. De hecho me he pasado medio verano pegada al teléfono y el otro medio conduciendo durante horas para pasar apenas día y medio con los míos cada vez que iba para allá. Supongo que es lo que conlleva hacerse mayor y el aumento de responsabilidades. Aún así, merece la pena todo sacrificio. Ver la felicidad de todos nosotros en el desfile de peñas por la tarde, merece la pena. Ver cómo se me ponen los pelos de punta de la ilusión cada vez que el toro de fuego sale, merece la pena. Ver que una dulzaina, unas castañuelas y dos tios con arte son mejores que la más sofisticada de las orquestas, merece la pena. Ver a medio Tábara bailando "rise up" a las 9 de la mañana siguiendo los pasos de nuestra coreografía inventada, merece la pena. Incluso ver a Miguel como cada año barriendo la plaza de toros, y ver que los que eran mis mitos futbolísticos del pueblo y ejemplos a seguir van decayendo poco a poco (ésto último va con cariño jajaja). Y aún más merece la pena ahora que tenemos la misión de CEDER EL VASO. Pero eso ya queda para reseñas posteriores, porque da para unas cuantas. Quisiera acabar con una pequeña referencia a la que para nosotros ha sido la canción de estas fiestas. Recordad que las fiestas del año que viene empiezan cerca del final de las de este año. |